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Ver… La luz, los cambiantes de los vivos colores de los saris tejidos con hilos de oro que hacen resaltar la piel morena y ambarina de las mujeres. Oír... la música y los cantos de los templos hindúes o de las mezquitas que llegan en las tardes hasta las terrazas. El ruido del viento en una ciudadela pérdida en pleno desierto que da la impresión de vivir en otros tiempos, como si la ciudadela escuchaba el mismo soplo ventoso de los que oía en siglos antepasados. Oler... las especias tan tornasoladas que las colores o los collares de jazmín fresco con los cuales las mujeres adornan su cabello untado de aceite de coco. Saborear... las especias y las papayas frescas del jardín, el jugo de un mango, la sapidez de centenares de especies de té, tan rica y sutil que los colores de un arco iris. Tocar... la dulzura de la seda, la frescura del mármol con su aspecto liso al tocar mientras todo alrededor está inmerso en un calor húmedo y sudoroso. La piel rugosa de un elefante y sus potentes defensas a la vez suaves y tibias... Y, como un sexto sentido, la espiritualidad como una apertura sobre otras dimensiones cósmicas.
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